Tras diez días de ataques mutuos entre Irán y Estados Unidos por el control del estratégico estrecho de Ormuz, los líderes iraníes parecen tener tres opciones. Ninguna de ellas ofrece un camino claro hacia la victoria.
La primera opción consiste en aceptar la mayor parte de lo que Washington quiere: garantizar el paso seguro de los buques mercantes por el estrecho de Ormuz cesando los ataques contra los barcos, renunciar a sus reservas de uranio altamente enriquecido o reducirlas, y aceptar inspecciones estrictas por parte de organismos internacionales de control nuclear.
A cambio, Teherán preferiría que se pusiera fin al bloqueo naval estadounidense de los puertos iraníes, que se levantaran las sanciones y que se evitaran nuevos ataques.
Esta es probablemente la opción menos costosa desde el punto de vista militar, pero políticamente podría ser la más costosa.
Reabrir el estrecho de Ormuz sin reconocer el papel de Irán en el control de la vía marítima podría significar renunciar a lo que algunos en Teherán consideran una fuerza nueva e intimidante, que podría ser más eficaz que los misiles iraníes, los grupos respaldados regionalmente o incluso su programa nuclear.
Por primera vez, la República Islámica ha demostrado que puede ejercer una presión considerable sobre la economía mundial si su territorio es atacado.
Mientras tanto, el programa nuclear ha sido descrito durante mucho tiempo como un derecho al que Irán no puede ser obligado a renunciar.
Si Irán acepta duras sanciones a sus actividades nucleares tras meses de ataques, los sectores más intransigentes podrían argumentar que la presión militar estadounidense ha surtido efecto. Esto también podría dar pie a nuevas exigencias sobre los misiles iraníes y sus vínculos con Hezbolá en el Líbano, las milicias chiíes iraquíes y los hutíes en Yemen.