GREMIALISTAS

Antes demostraron no tener lealtad ni principios políticos, y ahora, tampoco los morales.

Cuando Perón asumió el gobierno en 1946, Argentina era un país respetado. No era deudor sino acreedor. Perón, que había recorrido los pasillos del Banco Central, afirmaba que no se podía caminar por ellos por la cantidad de lingotes de oro estibados que reducían los espacios.

Perón sabía que el apoyo popular que originó el 17 de octubre había sido organizado por sindicalistas, en su gran mayoría socialistas y comunistas, que estaban demandando devolución de favores. Decidió hacerlo, tanto por convicción propia como para alejar a los obreros de ideologías extranjerizantes. Estas medidas implicaron que el Estado pasara a hacerse cargo de los F.F.C.C., el gas, la electricidad, el transporte fluvial y aéreo, el comercio exterior, la política crediticia y monetaria, regulación de precios y salarios, etc. Así, los representantes de los trabajadores pasaron a tener un gran peso político. Podían parar el país. Si el Estado satisfacía sus demandas no habría problemas con el líder.

Los resultados de las demandas sindicales fueron: leyes favorables y salarios en continuo crecimiento pero también relajación de la disciplina laboral, saturación de empleados innecesarios, falsificación generalizada de horas extras, la “industria del despido”, etc. Si a esto se le añade el costo de las empresas extranjeras nacionalizadas, se explica que las reservas de oro desaparecieran y Argentina pasara a ser deudora y necesitada de dólares para comprar combustible y los insumos para que la industria siguiera funcionando. La apropiación de las rentas del campo a través del IAPI solo agrandó el problema.

No se puede gastar más de lo que ingresa, pero Perón creía que podría superar esta dificultad gracias a dos hechos inminentes: a) la guerra de Corea desembocaría en la 3ra. Guerra Mundial y la venta de los productos del campo volvería a llenar las arcas del Tesoro. b) la naciente burguesía industrial nacional, hija de la inmigración europea, sustituiría al Estado en la tarea de dar trabajo de calidad.

Pero no sobrevino la 3ra. Guerra y la burguesía industrial soñada por Perón chocó con las inacabables exigencias sindicales, y Perón, necesitado de aplausos y votos, laudó por los sindicatos; y así, no hubo empresas privadas importantes ni trabajo para quienes no lo tenían.

La caída de Perón, con pocas excepciones, no sacó de la indiferencia a los sindicalistas. Estaban resentidos por las medidas ortodoxas tomadas por el Ministro Gómez Morales, la Ley de Inversiones Extranjeras, la reconciliación con el campo, el Congreso de la Productividad, etc. y así como subieron a Perón, lo dejaron caer. Las movilizaciones posteriores a su caída fueron otra cosa.

Antes demostraron no tener lealtad ni principios políticos, y ahora, tampoco los morales. Defienden a los obreros porque es el precio a pagar para eternizarse en el goce de sus privilegios. Solo los mueve el interés por el dinero. Siempre apostarán por el desgaste y caída del gobernante de turno. Ellos se consideran lo único permanente.

En mis 43 años de Profesor de Secundaria, lo único que vi crecer fue la imponencia física y la fortuna de nuestros sindicalistas, que solo aparecen en las paritarias y que por años no vieron el saqueo infame a IOMA, la escandalosa caída de nivel de la escuela pública, los groseros bolsones de corrupción que hay en su estructura, etc. Tienen un solo reflejo, hacer huelgas.

En los países serios los sindicalistas son serios, en Argentina los tres poderes del Estado les tienen miedo.

Por Humberto Guglielmin – Fotos: Web

 

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